
Cuando tenía ochos años el restaurante preferido de papá era "El Huaralino". Almorzar los domingos allí era casi un rito familiar. En la entrada siempre nos recibía un niño de mi edad, sucio y con un trapo viejo colgado en el hombro, pero con una sonrisa que me hacía sentir una reina. Nos cuidaba la moto.
Acabado el almuerzo, papá le pedía al mozo que retire los platos, pero que las entradas (que no habían sido tocadas porque la sopa nos llenaba hasta reventar) las pusiera en una bolsa. Generalmente era palta rellena u ocopa. Al salir se la entregaba al niño, quien lo abría inmediatamente y con sus manitas empezaba a comer, sin dejar de lado su enorme y tierna sonrisa. "Dios se molesta si dejamos que se tire toda esa comida, hija" decía cuando me pillaba mirando extrañada su conducta.
En aquellos años creía que Dios era un ser enorme que vigila cada uno de mis pasos esperando el primer tropiezo para castigarme sin piedad. Temerosa de la ira de Dios, abracé el argumento de papá con todas mis fuerzas, tratando de no dejar ni una migaja en mi plato, porque en casa no me dejaban salir y hubiera sido imposible encontrar a un niño mendigo para que me ayude con las verduras.
Pero un día crecí y descubrí dos cosas: 1) Que Dios no existe; 2) Que si existe, debe estar bien ocupadito para fijarse en la humanidad. Para ambas cosas daba lo mismo portarse mal. Así que empecé a dejar de temerle. Dejé de ir a misa, de vez en cuando se me escapaba una que otra palabrota y descubrí el inmenso placer de las mentiras piadosas (como todos, no se hagan los santos).
Sin embargo, con toda lo crecidita que estoy, nunca dejé de repetir la conducta de papá cada vez iba a un restaurante, ya sea con una amiga o un galán ansioso, donde por lo general me sirven más platos de los que puedo acabar. Ya no era la ira de Dios la que me movía a realizar este pequeño e intrascendente acto de caridad, sino simplemente una decisión personal, algo que partía de mí y no de las advertencias de la Biblia.
Lo mismo ocurre con el aborto. Estoy a favor de la despenalización del aborto (sentimental o eugenésico al menos, por algo debemos empezar) no porque esté deseosa de tener sexo sin precauciones pensando que, total, si pasa algo se elimina y listo; sino porque quiero que se respete mi derecho a decidir.
¿Comprenden la diferencia?
Probablemente nunca me practique un aborto, soy muy cobarde para esas cosas, pero llegado el momento quiero que la decisión de tenerlo sea mía, y no del corrupto Estado o la lejana Iglesia. Es una cuestión de principios. Así como la religión desapareció de mi vida y sin embargo no me convertí en satanás, la despenalización del aborto no convertirá a las madres en asesinas de sus vástagos.
Les dejo con el video de una campaña iniciada en Trujillo por Aquiles Martín, cuya bitácora va definitivamente para mi blogroll (cuando lo tenga, claro).
Ah, los créditos de las imágenes, me olvidaba. Aquí y acá








